Ligero de equipaje y con el corazón rebosante de entusiasmo, el misionero parte lejos de su tierra rumbo a algún lugar para llevar el mensaje que le hace feliz: El Amor de Dios.
Desde que se produjo el envío de Jesús a sus apóstoles, muchas personas han llevado la Buena Nueva aún a costa de su vida. Llegaron a los cinco continentes introduciéndose en la cultura de los pueblos, llenando de Dios su quehacer cotidiano. Hoy, las misiones, los misioneros y las misioneras, continúan realizando esta labor donde la ausencia de Dios es latente, en la pobreza, el hambre, la ignorancia, las enfermedades y la desesperanza; continúan entregando su vida porque ha hecho suyo el imperativo de San Pablo: "¡Ay de mí si no evangelizo!".
Si cada uno de nosotros hiciéramos realidad este llamado en nuestras vidas, llevaríamos también la Buena Nueva a donde quiera que vayamos: el hogar, el vecindario, el trabajo, la parroquia.
El misionero que sale de su tierra o nosotros, que nos encontramos aquí, podemos cumplir esta tarea, ayudándonos mutuamente a liberarnos del pecado con los valores de la tolerancia y la caridad.
El mes de octubre hagamos una oración por las misiones y los misioneros.